La posibilidad de que el barril de petróleo escale hacia los 150 dólares no debe leerse hoy como un pronóstico central, sino como un escenario extremo pero verosímil si el conflicto en Medio Oriente se prolonga y el tránsito por el estrecho de Ormuz sigue condicionado.
La Agencia Internacional de Energía advirtió que las restricciones en Ormuz ya generaron pérdidas acumuladas superiores a 1.000 millones de barriles y dejaron fuera de mercado más de 14 millones de barriles diarios, un shock de oferta sin precedentes recientes.
La Administración de Información Energética (EIA) de Estados Unidos también incorporó ese estrés en sus proyecciones: el Brent tocó un pico de 138 dólares el 7 de abril y promedió dólares 117 ese mes, como consecuencia directa del cierre de facto del estrecho.
El salto a 150 dólares podría producirse si coinciden tres factores: demora en normalizar Ormuz, caída persistente de inventarios y recuperación de la demanda global en el hemisferio norte. De hecho, la IEA señaló que los inventarios globales observados cayeron 129 millones de barriles en marzo y otros 117 millones en abril, mientras que los stocks terrestres de la OCDE se desplomaron en 146 millones de barriles.
Ese dato es clave: muchos países consumidores, especialmente en Europa y Asia, no están resolviendo el problema estructural, sino administrando la emergencia con reservas comerciales y estratégicas. Las reservas sirven para amortiguar el golpe, pero no reemplazan una oferta normalizada. Si la guerra continúa, quemar stocks compra tiempo, pero también deja al mercado más vulnerable ante cualquier nueva interrupción.
El estrecho de Ormuz es el cuello de botella central. Antes del conflicto, por allí circulaba una porción decisiva del comercio global de crudo y productos; con el tránsito restringido, la oferta disponible depende de rutas alternativas, capacidad logística limitada y mayor producción fuera de Medio Oriente.
La EIA estima que los inventarios globales caerán 8,5 millones de barriles diarios en el segundo trimestre, una magnitud compatible con precios todavía altos y fuerte volatilidad.
La OPEP, por su parte, recortó su previsión de crecimiento de la demanda global para 2026 a 1,17 millones de barriles diarios, reflejando que los precios altos ya empiezan a golpear consumo, actividad y transporte. De todas maneras, ese ajuste de demanda no garantiza una baja rápida del precio. En crisis de oferta, el mercado puede convivir con menor consumo y precios extremos si el faltante físico persiste.
Para Argentina, el escenario tiene una doble cara: encarece combustibles, transporte, logística e insumos industriales; aunque también mejora el valor de sus exportaciones energéticas.
Vaca Muerta llega mejor parada que en shocks anteriores. La Secretaría de Energía informó que en abril de 2025 la producción no convencional alcanzó 442.200 barriles diarios, con una suba interanual de 21,7%, y que la producción total de petróleo llegó a 739.700 barriles diarios. Ese crecimiento cambió la matriz externa: la balanza comercial energética registró en abril de 2025 un superávit de 573 millones de dólares y acumuló 2.684 millones de dólares en el primer cuatrimestre, impulsada por Vaca Muerta.
La primera obviedad es inflacionaria: un barril a 150 dólares presionaría sobre combustibles, fletes, alimentos, petroquímica, fertilizantes y costos industriales en todo el mundo.
Y la otra realidad es cambiaria: para un país con déficit crónico de dólares, vender más petróleo y gas a precios altos puede ser una fuente extraordinaria de divisas. aunque la dificultad está en conjugar ambas cosas. Argentina no debería transformar una oportunidad exportadora en un nuevo problema interno de precios relativos, inflación y pérdida de competitividad industrial.
El Gobierno, en todo caso, debería evitar respuestas improvisadas: ni cerrar exportaciones, porque dañaría inversión y confianza, ni trasladar automáticamente todo el shock internacional al mercado interno sin amortiguadores.
La política más razonable sería preservar el sendero exportador, asegurar abastecimiento local, monitorear precios internos de combustibles y usar el ingreso adicional de divisas para fortalecer reservas, infraestructura energética y estabilidad macro.
En síntesis, un Brent a 150 dólares sería una mala noticia para la economía mundial, pero para Argentina podría convertirse en una oportunidad excepcional si Vaca Muerta produce, exporta y el Estado administra el shock con inteligencia fiscal, cambiaria y antiinflacionaria.








